LÍBANO
FATIMA FTOUNI, LA FLOR DE LA CADENA AL MAYADEEN, ASESINADA POR EL SIONISMO
EL MUNDO
LA ESCLAVITUD, UN CRIMEN
DE LESA HUMANIDAD: ONU
El mapa de la votación refleja las tensiones del presente:
África y el Caribe: apoyaron masivamente la resolución, reclamando justicia histórica.
Estados Unidos, Israel y Argentina: votaron en contra, argumentando objeciones políticas y rechazo a reparaciones.
Europa Occidental: optó por la abstención, evitando compromisos legales o financieros, aunque reconociendo el carácter criminal de la esclavitud.
La división evidencia que, aunque el consenso moral es amplio, las implicaciones políticas y económicas siguen siendo motivo de disputa.
REPARACIONES, EL DEBATE QUE VIENE
La resolución reaviva la discusión sobre compensaciones económicas, disculpas oficiales y programas de reparación. Países africanos y caribeños exigen que las potencias coloniales asuman responsabilidades concretas. Sin embargo, la resistencia de Estados Unidos y Europa anticipa un debate prolongado y polarizado.
UN PASO SIMBÓLICO, UN RETO PRÁCTICO
Aunque la resolución no es vinculante, su impacto es profundo: consolida la memoria histórica y legitima las demandas de reparación. El verdadero desafío será transformar este reconocimiento en acciones concretas que trasciendan lo simbólico y se traduzcan en justicia efectiva.
La ONU ha dado un paso decisivo al condenar la esclavitud como el crimen más grave contra la humanidad. Pero la historia no se repara con declaraciones: el futuro de este debate dependerá de la voluntad política de los Estados y de la presión de las sociedades civiles. El reconocimiento es un inicio; la justicia, aún una tarea pendiente.
ESTADOS UNIDOS
NO KINGS,
LA REBELIÓN CONTRA TRUMP
RECHAZO AL AUTORITARISMO
En las calles de Estados Unidos, la consigna “No Kings” se ha convertido en el grito de guerra de una ciudadanía que rechaza el autoritarismo. Las manifestaciones masivas contra Donald Trump no son simples episodios de protesta: son la expresión de un país que se niega a aceptar la deriva monárquica de un presidente que se comporta como soberano absoluto.
Durante los días 28 y 29 de marzo, millones de personas ocuparon plazas y avenidas en más de 3,000 concentraciones. Washington, Nueva York, Mineápolis y St. Paul se transformaron en escenarios de resistencia. El mensaje era claro: la democracia no admite coronas ni tronos.
Trump, con su guerra en Irán y sus políticas migratorias de hierro, ha encendido la chispa de una oposición transversal. Sindicatos, ONG, artistas y ciudadanos comunes se unieron bajo una misma bandera: la defensa de la república frente a la tentación del poder personalista. El famoso globo de Trump en pañales volvió a flotar sobre las multitudes, símbolo de la infantilización del poder y de la burla popular hacia la figura presidencial.
LUCHAR CONTRA EL AUTORITARISMO
Lo que comenzó como una protesta nacional se convirtió en un fenómeno internacional. En Madrid, Ámsterdam y Roma, miles de personas replicaron el lema “No Kings”, recordando que la lucha contra el autoritarismo no conoce fronteras. La imagen de Bruce Springsteen cantando en St. Paul, rodeado de pancartas republicanas, es ya parte de la iconografía de esta resistencia global.
TRUMP RECUERDA
LA MONARQUÍA MEDIEVAL
La magnitud de estas marchas revela algo más profundo: la crisis de legitimidad de Trump no se limita a sus políticas concretas, sino a su concepción del poder. Su estilo recuerda más a un monarca medieval que a un presidente democrático. Y en un país fundado sobre la ruptura con la monarquía británica, esa actitud resulta intolerable.
SERVICIOS ESPECIALES
Las manifestaciones “No Kings” son, en definitiva, un recordatorio de que la democracia estadounidense sigue viva, aunque herida. Son la advertencia de que ningún líder, por poderoso que se crea, puede erigirse en rey. Y son también un mensaje al mundo: la ciudadanía organizada sigue siendo la última muralla contra el autoritarismo.
MEDIO ORIENTE
INDIGNACIÓN POR CRIMEN
DE PERIODISTAS EN LÍBANO
Hoy 28 de marzo de 2026, cuatro periodistas fueron asesinados en un bombardeo israelí en el sur de Líbano. No se trató de un “daño colateral”, como suelen justificar los comunicados militares: fue un ataque directo contra quienes cumplen la tarea de narrar la guerra. La versión oficial israelí, que acusa a uno de los reporteros de pertenecer a Hezbolá, no borra la evidencia más contundente: la prensa se ha convertido en objetivo militar. El presidente de Líbano, Joseph Aoun condenó la agresión israelí contra la periodista Fatima Ftouni de Al Mayedeen, el periodista Ali Choelb de Al Manar, junto a su hijo camarógrafo, y el fotperiodista Mohammad Ftouni, hermano de Fatima, quienes cayeron mártires este sábado en el sur del país.

Cada vez que un periodista muere en un conflicto armado, los gobiernos implicados se apresuran a relativizar la tragedia. Se habla de “errores”, de “circunstancias confusas”, de “presencia en zonas de riesgo”. Pero la realidad es que el asesinato de comunicadores se ha normalizado como parte del engranaje bélico. La impunidad es la regla, y la indignación internacional rara vez se traduce en justicia.
En Líbano, este ataque no es un hecho aislado. Es parte de una estrategia del sionismo que busca controlar no solo el territorio, sino también el relato. Silenciar a los periodistas equivale a controlar la narrativa, a imponer una versión única de los hechos, a borrar las imágenes incómodas de los muertos y de los civiles heridos, y de las ciudades devastadas.
La comunidad internacional condena, exige investigaciones y emite comunicados. Pero ¿qué ocurre después? Poco o nada. Los responsables rara vez enfrentan consecuencias. Los organismos multilaterales se muestran incapaces de garantizar la protección de la prensa, y los Estados poderosos se escudan en la retórica de la seguridad nacional.
El resultado es un círculo vicioso: los periodistas siguen cayendo, las guerras se narran cada vez menos desde el terreno, y la ciudadanía global recibe información filtrada, parcial y manipulada.
Cubrir un conflicto en Medio Oriente se ha convertido en un acto de resistencia. Los periodistas que viajan al frente saben que su chaleco antibalas y su casco no los protegen de los misiles ni de la lógica militar que los considera “enemigos potenciales”. Informar, en este contexto, es desafiar a quienes quieren que la guerra se vea solo desde su lente.
La muerte de cuatro comunicadores en Yezín es un recordatorio brutal: la libertad de prensa no se pierde únicamente con censura o leyes restrictivas, también se destruye con bombas.
¿Hasta cuándo aceptaremos que la prensa sea blanco de guerra sin consecuencias? La respuesta no está en los comunicados diplomáticos ni en las promesas de investigación. Está en la capacidad de la comunidad internacional de romper la impunidad y de reconocer que atacar a periodistas es atacar el derecho de la humanidad a saber.