martes, 23 de septiembre de 2025

GUSTAVO PETRO HABLÓ EN LA ONU




LA INDIFERENCIA 

CON EL DOLOR AJENO





En la sala de mármol de la Asamblea General de la ONU, donde los discursos suelen flotar como humo entre traductores y delegaciones distraídas, Gustavo Petro se paró frente al micrófono con algo más que un mensaje diplomático. Lo que dijo no fue un discurso: fue una ruptura. Un intento de sacudir el tablero global desde el sur, desde Colombia, desde una voz que no pide permiso.


Petro no habló como jefe de Estado. Habló como un hombre que carga con la historia de su país, con la selva que se quema, con los muertos que no caben en las estadísticas. “La capacidad de comunicación de un presidente aquí depende de cuántos dólares tiene y cuántas bombas puede lanzar”, dijo. Y en ese momento, la sala se volvió espejo.

EL CORAZÓN DE LA TIERRA

Colombia, según Petro, es el corazón de la Tierra. No por romanticismo, sino por geografía, por biodiversidad, por la selva que respira por todos. Pero ese corazón está infartado. La Amazonía se quema, los ríos se desangran, y el mundo mira hacia otro lado. Petro lo dijo sin rodeos: “La humanidad se ha vuelto incapaz de sentir”.

No fue una frase para la prensa. Fue una acusación. Contra los gobiernos que negocian con la muerte, contra las potencias que deciden qué guerra importa y cuál no, contra el sistema que convierte la vida en mercancía.

GAZA, UCRANIA Y EL SILENCIO

Petro nombró lo que muchos evitan: el genocidio en Gaza, la guerra en Ucrania, la indiferencia ante el dolor ajeno. No lo hizo con cálculo político, sino con la furia de quien ha visto demasiadas fosas comunes. Su voz no tembló. Tampoco buscó aplausos.

En su narrativa, el mundo está dividido entre quienes pueden destruir y quienes solo pueden pedir que no los destruyan. Y en ese abismo, América Latina aparece como testigo incómodo, como región que aún cree en la paz, en la vida, en la posibilidad de otro orden.

LA POLÍTICA COMO POESÍA

Petro no es un orador convencional. Su discurso es más cercano a la poesía que al protocolo. Habla de la vida como centro de la política, de los pueblos como protagonistas, de la urgencia de sentir antes de legislar. Para algunos, su tono es mesiánico. Para otros, es simplemente el único que se atreve a decir lo que todos callan.

En la ONU, ese estilo desconcertó. No por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. En un foro donde cada palabra está medida, Petro eligió el desborde. Y en ese desborde, reveló una verdad incómoda: el mundo está gobernado por quienes han perdido la capacidad de llorar.

¿Y AHORA QUÉ?

El discurso de Petro no cambiará el orden mundial. Pero sí dejó una grieta. Una pregunta. Una incomodidad. ¿Puede América Latina liderar una política de la vida en un sistema construido sobre la muerte?

Petro no dio respuestas. Dio un grito. Y a veces, los gritos son más necesarios que los consensos.


Petro nombró lo que muchos evitan: el genocidio en Gaza, la guerra en Ucrania, la indiferencia ante el dolor ajeno. No lo hizo con cálculo político, sino con la furia de quien ha visto demasiadas fosas comunes.





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