martes, 23 de septiembre de 2025

SIGMUND FREUD, 

EL PADRE DEL PSICOANÁLISIS



SOMBRAS, MORFINA, 

DOLOR Y EUTANASIA






Londres, septiembre de 1939. La ciudad respira tensión: la guerra ha comenzado. En una modesta casa del barrio de Hampstead, un hombre yace en su lecho, rodeado de libros, recuerdos y un dolor que ya no se puede narrar. Es Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, quien enfrenta su última batalla, no contra el inconsciente, sino contra un cáncer de laringe que le ha robado la voz, pero no la lucidez.

Freud no teme a la muerte. La ha analizado, diseccionado, incluso desafiado en sus escritos. Pero ahora la siente cerca, como una presencia silenciosa que se sienta a su lado. Su médico y confidente, Max Schur, le ha prometido algo: cuando el sufrimiento sea insoportable, le dará descanso. Freud, con la dignidad de quien ha explorado los abismos del alma humana, le recuerda el pacto: “Ahora no es más que tortura… y no tiene sentido.”

La morfina hace su trabajo. El dolor se disuelve, la conciencia se apaga lentamente. Freud muere el 23 de septiembre de 1939, en paz, en silencio, mientras Europa se desangra en una guerra que él había anticipado con sombría claridad.

Su exilio en Londres fue obligado. Viena, su ciudad natal, había caído bajo el yugo nazi. Judío y pensador, Freud fue perseguido, vigilado, humillado. Logró escapar, pero sus hermanas no. Murieron en campos de concentración, víctimas del odio que él había intentado comprender desde la raíz.

Hasta el final, Freud mantuvo su ironía intacta. “La civilización está enferma”, decía. Y él, que dedicó su vida a explorar las pulsiones humanas, se despidió del mundo con la serenidad de quien ya lo ha entendido todo.


GRABACIÓN DE LA VOZ DE SIGMUND FREUD 

PARA LA BBC, EN 1938




Su exilio en Londres fue obligado. Viena, su ciudad natal, había caído bajo el yugo nazi. Judío y pensador, Freud fue perseguido, vigilado, humillado.






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