lunes, 10 de noviembre de 2025

ESTADOS UNIDOS





EL 42% DE LOS LATINOS, 

TEME SER DEPORTADO





FOTO SERVICIOS ESPECIALES

En el imaginario colectivo estadounidense, la figura del migrante ha oscilado entre el símbolo del sueño americano y el blanco de políticas de exclusión. En los últimos años, esta ambivalencia se ha traducido en acciones concretas: redadas masivas, detenciones prolongadas y deportaciones que, lejos de responder a una lógica de seguridad nacional, parecen operar como mecanismos de disciplinamiento social.

EL MIGRANTE COMO SUJETO POLÍTICO

La migración no es solo un fenómeno demográfico; es, ante todo, una expresión de desigualdad estructural. Miles de personas cruzan fronteras empujadas por la precariedad, la violencia o la esperanza de una vida digna. Sin embargo, al llegar a Estados Unidos, muchos se enfrentan a un sistema que los reduce a cifras, los encierra en centros de detención y los expulsa sin considerar sus vínculos familiares, laborales o comunitarios.

Como señala Saskia Sassen, “la expulsión no es un accidente del sistema, sino una lógica inherente al modelo económico global”. En este contexto, las redadas migratorias no son simples operativos policiales: son actos performativos que reafirman quién pertenece y quién no.

DEPORTACIÓN COMO PRÁCTICA DE ESTADO

El gobierno estadounidense ejecuta una de las mayores redadas migratorias de la historia reciente. Las imágenes de migrantes esposados, escoltados por militares y trasladados en vehículos oficiales evocan escenas de represión más que de justicia.

Estas acciones se justifican bajo el discurso de “seguridad nacional”, pero los datos revelan otra realidad: la mayoría de los detenidos no tenía antecedentes penales y trabajaba en sectores esenciales como la agricultura, la limpieza o la construcción. La deportación, entonces, se convierte en una forma de castigo por existir fuera de los márgenes legales, aunque dentro de los márgenes económicos del país.

 EL COSTO HUMANO DE LA EXCLUSIÓN

Más allá de las estadísticas, la deportación tiene un rostro humano. Familias separadas, niños ciudadanos que quedan sin padres, comunidades paralizadas por el miedo. Según el Pew Research Center, el 42% de los adultos latinos en EE.UU. teme ser deportado o que sus familiares lo sean. Este temor no es infundado: es el resultado de una política que ha normalizado la vigilancia, la detención y la expulsión.

Yahir, migrante mexicano deportado tras doce años en California, lo resume con crudeza: “Me trataron como si fuera un criminal, pero yo solo trabajaba para darle de comer a mi familia”. Su testimonio, como tantos otros, revela la disonancia entre la legalidad y la legitimidad de estas prácticas.

MÉXICO ANTE LA CRISIS

Frente a esta situación, el Congreso mexicano ha instado a la Secretaría de Relaciones Exteriores a fortalecer la protección consular en Estados Unidos. Los 51 consulados mexicanos se han convertido en espacios de resistencia, asesoría legal y contención emocional para los connacionales afectados.

Sin embargo, la respuesta institucional aún es insuficiente ante la magnitud del problema. Se requiere una política exterior más firme, que no solo defienda los derechos de los migrantes, sino que cuestione las estructuras que los vulneran.

CONCLUSIÓN

La migración es una realidad compleja que no puede ser abordada desde la lógica del castigo. Las políticas de deportación masiva no resuelven los problemas estructurales que la generan; al contrario, los profundizan. En tiempos de incertidumbre global, es urgente repensar el papel del Estado, no como agente de exclusión, sino como garante de derechos. Porque detrás de cada deportación hay una historia, una familia, una vida que merece ser respetada.


Yahir, migrante mexicano deportado tras doce años en California, lo resume con crudeza: “Me trataron como si fuera un criminal, pero yo solo trabajaba para darle de comer a mi familia”.




No hay comentarios:

Publicar un comentario