MEDIO ORIENTE
ISRAEL-LÍBANO,
UN ALTO AL FUEGO FRÁGIL
EL ACUERDO
QUE NO LOGRA SILENCIAR LAS BOMBAS
Tras meses de ofensiva israelí en el sur del Líbano, Washington logró mediar un alto el fuego condicionado. El pacto exige la retirada de Hizbulá y el despliegue del Ejército libanés en zonas piloto. Israel, por su parte, se comprometió a suspender ataques aéreos y terrestres. Sin embargo, la tregua se ha convertido en un espejismo: los drones israelíes siguen golpeando ciudades como Nabatiyé al Fauqa, dejando claro que la paz firmada en papel no se traduce en calma en el terreno.
LA GUERRA QUE NO CESA
Víctimas acumuladas: más de 4,300 muertos y 12,000 heridos en Líbano desde marzo.
Desplazados: más de un millón de personas obligadas a abandonar sus hogares.
Ataques recientes: bombardeos selectivos y drones armados, incluso después del anuncio de alto el fuego.
El contraste entre la diplomacia y la realidad es brutal: mientras los comunicados oficiales hablan de “cese de hostilidades”, las imágenes de viviendas incendiadas y hospitales saturados muestran otra verdad.
UN PACTO SIN RAÍCES
El acuerdo no es un tratado de paz, sino un marco temporal. Su fragilidad radica en tres factores:
Hizbulá armado: sigue operando en el sur, sin reconocer la autoridad plena del Estado libanés.
Israel desconfiado: mantiene operaciones “preventivas” que erosionan la credibilidad del pacto.
Washington pragmático: busca contener la escalada, pero sin ofrecer garantías de reconstrucción ni justicia.
Este alto el fuego es más un gesto diplomático que una solución real. Israel no ha dejado de atacar, Hizbulá no ha cedido su poder territorial, y el pueblo libanés sigue pagando el precio. La comunidad internacional observa con indignación, pero sin capacidad de imponer un marco de paz duradero. El resultado es un simulacro de tregua que perpetúa la violencia bajo un barniz de legalidad.
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