lunes, 13 de octubre de 2025

CARTA DE PÉREZ ESQUIVEL A MACHADO




"NO LE CONOZCO NINGUNA 

ACTIVIDAD POR EL PUEBLO"




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Una carta abierta publicada en el diario argentino Página/12 agitó las aguas del debate político y ético en América Latina. Su autor, Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz en 1980 y referente histórico de los derechos humanos, se dirigía directamente a María Corina Machado, la dirigente opositora venezolana recientemente galardonada con el mismo Nobel. El contenido de la misiva no fue una felicitación, sino una crítica frontal: “No le conozco ninguna actividad por el pueblo. Al contrario, siempre le pidió a Estados Unidos que intervenga con tropas en Venezuela”.

La carta, breve pero contundente, no solo cuestiona la trayectoria de Machado, sino que interpela al propio Comité Nobel y, por extensión, a la comunidad internacional. ¿Qué significa hoy ser merecedor del Premio Nobel de la Paz? ¿Qué valores se privilegian en su otorgamiento? ¿Y qué papel juega la geopolítica en la construcción de figuras simbólicas?

DOS TRAYECTORIAS, DOS VISIONES

Adolfo Pérez Esquivel es una figura emblemática de la resistencia pacífica en América Latina. Arquitecto de formación, activista por vocación, fue detenido y torturado durante la dictadura argentina por su trabajo en defensa de los derechos humanos. Su Nobel, otorgado en plena efervescencia de las dictaduras del Cono Sur, fue un reconocimiento a la lucha no violenta contra la represión estatal.

María Corina Machado, por su parte, ha sido una de las voces más visibles de la oposición al chavismo en Venezuela. Fundadora de la organización Súmate y exdiputada, ha denunciado sistemáticamente violaciones a los derechos humanos por parte del gobierno venezolano. Sin embargo, su figura también ha estado rodeada de controversia: ha apoyado sanciones internacionales contra su país y ha solicitado en varias ocasiones la intervención de organismos extranjeros, incluyendo llamados a una acción militar por parte de Estados Unidos.

Es precisamente esta última postura la que Pérez Esquivel considera incompatible con el espíritu del Nobel. En su carta, recuerda que la paz no se construye con violencia ni con injerencias externas, sino con diálogo, justicia y soberanía. “La paz no es la ausencia de conflictos, sino la presencia de justicia”, ha repetido en múltiples ocasiones a lo largo de su carrera.

EL NOBEL COMO CAMPO DE DISPUTA

El Premio Nobel de la Paz ha sido, desde su creación, un galardón cargado de simbolismo. A diferencia de sus contrapartes científicas, su elección suele estar atravesada por consideraciones políticas y éticas. En años recientes, ha sido otorgado tanto a activistas medioambientales como a líderes políticos en funciones, generando debates sobre su coherencia y legitimidad.

La elección de Machado no fue la excepción. Mientras sectores conservadores y liberales celebraron el reconocimiento como un respaldo a la lucha por la democracia en Venezuela, voces críticas —como la de Pérez Esquivel— lo interpretaron como una validación de estrategias que, lejos de promover la paz, podrían agravar los conflictos internos.

REACCIONES Y RESONANCIAS

La carta generó un eco inmediato en redes sociales, medios de comunicación y círculos intelectuales. Algunos la consideraron un acto de valentía y coherencia ética; otros la tildaron de anacrónica o ideologizada. Lo cierto es que reabrió un debate necesario: ¿quién tiene la autoridad moral para hablar de paz? ¿Puede una figura política polarizante ser reconocida como pacifista?

En Venezuela, la reacción fue igualmente dividida. Mientras simpatizantes del gobierno la utilizaron como argumento para deslegitimar a Machado, sus seguidores la desestimaron como una opinión más dentro de un contexto regional complejo.

MÁS ALLÁ DE LA COYUNTURA

La carta de Pérez Esquivel puede leerse como una reflexión sobre los valores que guían nuestras sociedades. En un mundo donde las narrativas se construyen a velocidad de vértigo y los símbolos se disputan en el terreno mediático, su voz actúa como un recordatorio incómodo: la paz no es un eslogan, sino una práctica cotidiana que exige coherencia, memoria y compromiso.

En tiempos de confusión, donde los premios pueden ser tanto reconocimientos como instrumentos de poder blando, la carta de un viejo luchador por los derechos humanos nos invita a detenernos y pensar. No para dictar sentencia, sino para abrir preguntas. Y en eso, quizás, reside su mayor valor.




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